La tentación de la tiranía

Lic. Jalil Chalita Zarur

 

 

 

Siempre es una tentación de los poderosos.
Esa percepción, ciertamente distorsionada y antidemocrática, que conduce a líderes de todas las latitudes a imponer su visión y su voluntad.
La tiranía es un fantasma peligroso que acecha a los populistas.
Que les proyecta falsas imágenes de un espejo borroso, porque les hace creer y pensar que sólo ellos son los dueños de la verdad, de la realidad auténtica, del camino correcto.
El tirano rompe con la ley, la que sea, la buena, la mala, la vieja o la recién llevada a las cámaras y los congresos.
No es de su interés el marco jurídico, desprecia al Estado de derecho.
En el fondo piensa que son una serie de ataduras que impiden y bloquean el progreso de su proyecto.
El tirano desprecia a quienes disienten de su visión unívoca y personal, descalifica a los críticos, denosta a los que expresan opiniones diferentes.
No tolera las propuestas alternativas, la apertura a otras formas de pensamiento.
El tirano lo sabe todo, posee el verdadero conocimiento porque cree tener en sus manos las soluciones a los problemas.
Hay, por supuesto, un tema de poder, de apego al poder, de vanidad y soberbia por el monumento que se construye a sí mismo frente al espejo ante la historia.
Luego la historia se rompe en muchas, alternas, disidentes, inconformes, disruptivas, que destruyen los monumentos y los embodegan en sótanos y galerones.
Los héroes impositivos y autoritarios de ayer, son hoy los criminales de la historia, de la persecución, de la imposición, de obligar a caminar por una sola senda, de seguir una sola palabra, de repetir una sola narrativa.
El siglo XX está repleto de estas personalidades ‘heroicas’ que acabaron luego arrumbadas en el desván deshonroso de los pueblos.
Nadie quiere a un tirano que escuche por momentos los vítores engañosos de la muchedumbre.
Lo decían los romanos con aristotélica transparencia.
Las turbas, el vulgo, son incapaces de ver y entender que los caudillos se hunden en las falsas vanidades y en sus obsesiones individuales.
La tiranía trae desgracia a los pueblos, porque cierra la participación, angosta el camino por donde los pueblos avanzan: por aquí y sólo por aquí, porque lo digo yo, que lo sé todo, y veo el futuro de lo que más conviene a mis ‘súbditos’.
Los tiranos envueltos en las lisonjas del engañoso populismo se rodean de valores nacionalistas, de banderas y símbolos que construyen imágenes engañosas, las de los defensores de la patria, los baluartes de la libertad y la independencia.
Cuando en los hechos del mundo globalizado presente, producen aislamiento, diferendos, rupturas de acuerdos, pérdida de credibilidad y confianza.
Nadie quiere hacer tratos con un tirano en el que no se puede confiar y es incapaz de respetar el Estado de derecho.
¿Qué nos ampara frente a la voluntad voluble de un tirano? Nada.
Convertirse en un tirano es mucho más fácil que lidiar con los engorrosos debates de la democracia.
Ese cansancio enorme de convencer con la razón y la evidencia, con los datos y la ciencia.
Muy desgastante e irritante escuchar a opositores y críticos, defensores de otras líneas de pensamiento o proyectos de país.
Por eso los tiranos de la historia nunca fueron demócratas, ni de origen ni de fondo.
Se revistieron de mantos democráticos, tolerantes y plurales, que abrazaron la palabra respetuosa y el derecho libertario de todo ciudadano.
Pero en el fondo, siempre quisieron hacer lo que guiaba su voluntad, por el deseo intrínseco de hacerle creer a todos que sólo él tiene las respuestas, las soluciones, el replanteamiento de los problemas.
El siglo XXI ha presentado nuevos tiranos, implacables y desafiantes en todos los continentes.
Esos amos y dueños absolutos de sus territorios y poblaciones, que doblegan sólo con la mirada y la fuerza avallasadora de su poderosa voluntad.
Si no es conmigo, es contra mí; si no es por donde yo digo, entonces no vienes con nosotros.
El tirano impone miedo, opera con el terror de la persecución, con el uso de los instrumentos del Estado para apretar a los disidentes.
No hacen falta cárceles ni tortura –más que en casos extremos–, con la sola amenaza del aparato en contra, se doblegan las voluntades, se diluyen las opiniones.
Las tiranías prolongadas de la modernidad, en América Latina, en Asia, en África, en Europa, se han mantenido sustentadas en el aparato del terror y la persecución, del nacionalismo extremo y, también, de la debacle económica.
Pareciera que la derrota del proyecto es un elemento de cohesión ante el nacionalismo inflamado.
Estemos atentos ante los asomos de la tiranía.
Darle paso y entrada, ante la valoración despreocupada de una tonta expresión, es el primer escalón para la instalación gradual.