Se va Trump y en Washington queda el tufo de insurrección

WASHINGTON (apro) – A unas horas de que Joe Biden  juramente como el presidente constitucional número 46 de los Estados Unidos y se ponga punto final al atípico mandato de Donald Trump, en la capital de este país pulula un tufo de insurrección y de miedo a una lucha armada.

La Casa Blanca y el Capitolio, símbolos del capitalismo, la democracia y la libertad que presume Estados Unidos, están acordonados y vigilados por cientos de policías y agentes especiales sin contar que las calles y accesos de Washington son vigilados por 25 mil soldados.

El fervor por la llegada de Biden o el carpetazo a la pesadilla llamada Trump como le dicen algunos, se desvanece a la vista de cualquier persona con el acordonamiento de la ciudad capital que parece que se prepara para repeler el ataque de un regimiento de terroristas.

El miedo a una réplica de la sedición del asalto al Capitolio, acto llevado a cabo por parte de miles de fanáticos y seguidores de Trump que él mismo incitó, tiene en vilo a 25 mil elementos de la Guardia Nacional, al país y al mundo.

Las avenidas y calles que rodean a los edificios del gobierno federal están vedadas a peatones y vehículos, la Guardia Nacional cerró los puentes que conectan a Washington D.C. con el estado de Virginia y en dichas infraestructuras que pasan arriba del río Potomac colocó retenes.

Las armas de alto poder en los hombros de miles de soldados de la Guardia Nacional, vehículos militares blindados y equipos tácticos de la policía y agencias federales vigilando con binoculares desde azoteas en edificios, intimidan y hacen pensar en una zona de guerra como Bagdad.

La fiesta de la democracia estadunidense con Biden como actor principal en el Capitolio, no será atestiguada por decenas de miles de personas. El acto y las celebraciones que conlleva, en gran parte debido a las restricciones por covid-19, enteramente se trasmitirá de manera virtual.

Los templetes y balcones blindados en los que se encontrará Biden y la vicepresidenta Kamala Harris acompañados de sus familiares, atañen al tufo de insurrección un pensamiento de inseguridad y miedo a las turbas de fanáticos discípulos del discurso de odio de Donald Trump.

Ni en momentos álgidos de la guerra contra el terrorismo internacional como la que libró el Pentágono contra el saudí Osama bin-Laden antes de ser eliminado y después de los ataques de 11 de septiembre de 2001, la capital de Estados Unidos se enfundó el uniforme de batalla.

El enemigo insurrecto al que se prepara para repeler la democracia estadunidense son fanáticos y seguidores de Trump, ciudadanos de Estados Unidos armados con todas las de la ley, a quienes ahora su propio gobierno bautiza como terroristas domésticos.

Nadie apuesta ni quiere el enfrentamiento armado, menos en la asunción de Biden a la presidencia, no obstante, Trump que estará en su mansión de Florida este 20 de enero para mirar desde lejos lo que ocurra en Washington, ya inoculó con su veneno a los “terroristas domésticos”.